Novedades

Nota La Nacion Campanópolis, creatividad sin límites

12/02/2015

A ntonio Campana fue el artífice de la ciudadela, que se levanta en un terreno de 200 hectáreas. Foto: OLIVER KORNBLIHTTNi Bélgica, ni Austria, ni República Checa. La increíble aldea medieval de Campanópolis está en González Catán, en el corazón de La Matanza.
Ya hace tres años de la muerte de Antonio Campana, creador de esta obra tan excéntrica y desmesurada como lo fue su imaginación. Con esfuerzo, sin subvenciones y a todo pulmón, sus hijos se ocupan de mantener en pie una ciudadela en la que jamás vivió nadie, en la que no se sabe con exactitud cuántas construcciones tiene (aunque sí se sabe que hay 836 llaves) y que se extiende nada menos que sobre 20 hectáreas, en un terreno de poco más de 200.

Castillos, torres, recovecos, molinos, casas que parecen salidas de una película de Tim Burton, de un cuento de los hermanos Grimm o de un delirio onírico de Dalí, Campanópolis es todo eso y nada de eso a la vez.

"Acá no hay ningún estilo arquitectónico definido. O sí: es el estilo Antonio Campana", aclara Rodolfo, encargado/guía del lugar. "Sólo te puedo decir que él tenía muchos libros de Gaudí", comenta, como si el dato echara algo de luz sobre este rincón inesperado de Buenos Aires, a sólo 30 minutos de Capital.

Campanópolis -bautizado así por el historiador Alfonso Corso, amigo de Campana- surgió de la improvisación absoluta de este hijo de inmigrantes y empresario gastronómico, que allá por 1977 compró los terrenos con la idea de criar ganado. Pero la Ceamse se los expropió en 1980 y los transformó en un enorme basural. Cuando Campana finalmente recuperó las tierras, en el año 85, el predio era inutilizable para su propósito original. Fue en ese momento cuando se le diagnosticó un tumor, y Campana decidió entonces desprenderse de sus empresas y consagrarse a su sueño.

"Así como algunos se dedican a pasar los últimos años de sus vidas jugando al golf o viajando, mi papá se puso a construir Campanópolis", explica su hijo Oscar.

Las vueltas agradables del destino quisieron que el ideólogo de los castillos, como llaman los vecinos de la zona a la insólita creación, viviera 24 años más. Tiempo que invirtió en nivelar y limpiar las tierras (había más de ¡2 millones de metros cúbicos de basura!), plantar más de 10.000 árboles y abocarse de lleno a su emprendimiento. Iba a cuanto remate se cruzaba y compraba todo tipo de objetos, desde las columnas que pertenecieron a las Galerías Pacífico o las antiguas tranqueras del hipódromo de Palermo hasta un inodoro para obesos, un sillón de barbero, un centenar de máquinas de escribir, un viejo ascensor o una trampa para zorros. Porque sí.

De esta manera, Campanópolis se edificó y decoró con materiales de demolición, piezas antiguas y un sinfín de elementos que otro que no fuera Campana habría considerado inútiles.

Hay que aclarar que el hombre no era arquitecto, no contrataba arquitectos ni trabajaba con planos de arquitecto.

"Sólo él sabía lo que se iba a construir día a día. Podía hacer un dibujo en un papel higiénico o en el capot del auto, con una tiza, y así se lo entregaba al albañil", recuerda Rodolfo.

¿Cómo se veía a sí mismo? "Como un artista -agrega-. Un artista que le alargaba la vida a los elementos."

Prueba de eso está en el trabajo de reciclaje que hizo con varios de ellos: puertas reconvertidas en cielo raso, patas de máquinas de coser soldadas entre sí para formar rejas, o señalizaciones de tren y caños de perforación que hacen de columnas son algunos ejemplos.

Pero más allá de una creatividad sin límites, el empresario argentino tuvo otro mérito: logró rescatar una parte del patrimonio arquitectónico de la Argentina de fines del siglo XIX y principios del XX, por lo que Campanópolis ha sido declarado sitio de interés cultural para la Nación.

Entre su acervo figura el mástil del Regimiento de Infantería de La Tablada, el casco de una estancia que perteneció a un puestero de Rosas, el primer carro de bomberos tirado a caballo que se usó en la Capital Federal o las viejas figuras de hierro croatas de la Plaza de la Bandera de Rosario, que Campana volvió a soldar porque las compró cortadas a la mitad, en una fundición.

"Hay extranjeros que vienen acá y no pueden creer cómo algunos de los objetos no están exhibidos en museos", cuenta Rodolfo.

No sólo no están en museos, sino que muchos de estos tesoros fueron robados o destruidos en los años en que Campanópolis se abrió a beneficio de la Fundación del Padre Mario.

Ya hace tiempo de eso. Hoy Campanópolis no se encuentra abierto al público en general, aunque sí se organizan visitas de colegios y escuelas (con charlas sobre reciclaje y ahorro de energía, por ejemplo). Además, para cubrir los costos de mantenimiento, que no son pocos, el predio se habilitó para eventos sociales y empresariales, publicidades, presentaciones y producciones de todo tipo.

Así, filmaron aquí sus videoclips el grupo mexicano Maná y Ricardo Montaner (cuyo hijo, además, se casó en la capilla de la aldea), se hicieron las presentaciones de Chiquititas y del programa de Susana Giménez, o se registraron las publicidades de Stella Artois e YPF, entre otras.

Oscar Campana dice que, teniendo en cuenta el tamaño del predio y su cercanía con el Aeropuerto de Ezeiza, tampoco descarta la posibilidad de armar un desarrollo urbanístico en el lugar, con la aldea como una suerte de clubhouse.

Definitivamente, sería el clubhouse más insólito del que se haya tenido cuenta en el país, si no del mundo.

Ver nota



2014-2017 . Campanopolis . Todos los derechos reservados